El valor de la verdadera amistad

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«…Algo similar a lo narrado vivieron el pasado lunes Antonio, Carlos, José Luis y Pedro mientras con el alma en vilo raudos cruzaban Extremadura en busca de esa tierra a la que cantase Rafael Farina para prestar el apoyo moral que solo los amigos verdaderos saben mostrar en los momentos difíciles…»

 

Antonio Girol.-

Hay noches a lo largo de la historia del toreo que son de una eternidad que trasciende a los años. Noches de asfalto y siluetas negras que transitan veloces en dirección contraria al destino que nos espera más allá del siguiente cambio de rasante. De esas que uno ha leído miles de veces en los libros y nunca imagina en revivirlas: Gitanillo de Triana ‘volando’ por la nacional IV en el famoso Buick azul en busca del doctor Giménez Guinea. Pepín entre cepas acechado por la gangrena camino de Madrid. Madrugadas de vigilia y kilómetros consumidos entre volutas de humo que atenazan gargantas.

Algo similar a lo narrado vivieron el pasado lunes Antonio, Carlos, José Luis y Pedro mientras con el alma en vilo raudos cruzaban Extremadura en busca de esa tierra a la que cantase Rafael Farina para prestar el apoyo moral que solo los amigos verdaderos saben mostrar en los momentos difíciles.

A buen seguro que mientras con los faros del coche cortaban las tinieblas de la madrugada sus mentes volaban tan veloces como el automóvil que le acercaba al amigo lacerado. Unos recordando aquella vaca que tentó en el campo y que tan buen partido le supo sacar. Y los otros rememorando el consejo dado tras las tablas o la foto en que quedó inmortalizada aquella tanda de naturales.

Mientras tanto en una mesa de operaciones ponía su vida en manos de la ciencia Miguel Ángel Silva, que horas antes había demostrado en la UVI móvil una entereza impropia de su edad entre el amasijo de voces y nervios al que tuvo que poner coto Antonio Ferrera mientras taponaba con su puño el cañón de sangre que manaba del muslo desgarrado por las astifinas astas del cárdeno herrado con el número ochenta.

Fuera, en la frialdad de la sala, sus padres que esperaban sumidos en la desesperación desgarradora que solo los que tenemos hijos podemos llegar a vislumbrar, encontraron el cálido abrazo de aquellos que acudieron vertiginosos desde Zafra para hacerles más pasajeras esas interminables horas en que las manillas del reloj caían con la pesadez del mercurio a la espera de la noticia. Noticia que afortunadamente trajo la buena nueva de que tanto el torero como la persona estaban a salvo.

Las tinieblas fueron dando paso a la luz cada vez menos opaca por la que se filtraba el amanecer más próspero, aquel que devolvía la sonrisa de un chaval que con la ilusión inquebrantable en los ojos miraba de nuevo a la vida desde el albo de unas sábanas pespunteadas de dolor.

Pasó la noche, pasó el miedo, pasaron la angustia y el desasosiego, y los cuatro amigos reconfortados en su espíritu, sin más pretensión que el afecto verdadero, desanduvieron el camino de vuelta a sus casas y sus obligaciones. Antonio y Carlos Muñoz regresaron a sus quehaceres ganaderos en su finca ‘Doña Elvira’, allí donde tantas tardes Miguel Ángel Silva soñó el toreo en su plaza de tientas. José Luis Sierra, se ocupó de seguir entrenando con la idea clara de continuar siendo ese asidero al que se agarran los que empiezan en busca de consejo, como tantas veces hiciese el joven segedano y continuará afortunadamente haciendo. Y Pedro Gallardo a repasar en su retina, mientras acariciaba a su pequeña hija Lola dormida, todas esas imágenes que ha ido captando con su cámara colgada del cuello, sobre todo aquellas que le devuelven a Miguel Ángel desde el primer día en que se vistiese de torero.


Artículo publicado conjuntamente en el diario HOY, edición del 4 de octubre de 2012.