OLIVENZA - 4ª de feria

Al menos ganó el Betis…

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Morante de la Puebla

Un año más se cumplió el axioma de tarde de expectación, tarde de decepción. El público se marchó de la plaza con la desazón de no poder disfrutar de las faenas que soñaron desde el mismo día en que salieron los carteles por culpa del mal juego de los toros de Zalduendo. Solo Manzanares en el quinto pudo pasear un trofeo. Morante y Pablo Aguado dejaron detalles para el recuerdo. Al menos los aficionados béticos que se desplazaron desde Sevilla para ver a sus toreros se llevaron una alegría de vuelta a casa.

OLIVENZA – Corrida de toros

TOROS: Se han lidiado toros de Zalduendo, desiguales y descastados en líneas generales aunque nobles.

TOREROS:
Morante de la Puebla (de azul pavo y oro), división de opiniones y ovación con saludos tras leve petición.
José María Manzanares (de azul noche y oro), ovacion con saludos y oreja.
Pablo Aguado (de tabaco y oro), ovación con saludos y palmas.

INCIDENCIAS: Prácticamente lleno. Cayeron algunas gotas de lluvia durante la lidia del segundo. Suso y Blázquez saludaron tras parear al segundo. Dani Duarte y Blázquez hicieron lo propio en el quinto.


Antonio Girol.-

       Salvo en contadas ocasiones, la corrida que cierra la feria de Olivenza se está convirtiendo en habitual que depare en decepción. Se da la circunstancia de que suele ser una corrida de las llamadas de expectación que suelen llevar aparejadas la otra mitad de la fatídica frase. El caso es que al igual que la matinal es sinónimo de triunfo, la de la tarde suele torcerse. En esta ocasión, como en muchas otras, por el escaso juego de los toros de Zalduendo que aparte de blandear no tuvieron ni una gota de casta, a excepción del quinto que tuvo mucho que torear, sobre todo por el lado derecho.

      Ya el primero dio buena muestra de lo que nos esperaba, blandeó de salida y tras pasar por el picador fue devuelto. En su lugar salió un sobrero del mismo hierro al que Morante de la Puebla le dibujó tres verónicas componiendo la figura. Con suavidad lo pasó por alto para probarlo con la muleta. Y con la misma suavidad fue trazando muletazos en la primera tanda en redondo casi sin molestar al toro hasta que éste perdió las manos y decidió poner fin yéndose a por la espada con la consiguiente división de opiniones.

     Tampoco pudo en el cuarto mostrar a los aficionados su exquisito toreo de capa. Lo que sí vieron fue una lidia pésima de su cuadrilla en la suerte de varas. Pasado el trámite, Morante trasteó sobre las piernas para sacarlo de la querencia a tablas y el toro terminó en toriles. Hasta allí se fue el de La Puebla para plantearle faena a media altura, sin apretarle lo más mínimo. De esa manera fue haciendo al toro hasta conseguir series de naturales sueltos que llegaron mucho a los tendidos a pesar de la sosería del animal. A base de porfía logró un muletazo de cartel de toros rematado con un molinete invertido que provocó una catarata de oles. Hubo petición de oreja, pero insuficiente para la concesión.

     El segundo también estaba cogido con alfileres. José María Manzanares lo cuidó muy inteligentemente ofreciéndole siempre la muleta muy planchada y llevándolo con mucha suavidad para que le aguantara. Por el izquierdo le tuvo que perder siempre un paso para que el animal se oxigenase y pudiese seguir los vuelos. Lástima la escasez de fuerzas porque el toro tuvo nobleza.

    El quinto fue un toro que se movió mucho en los dos primeros tercios y repitió con codicia en las primeras tandas de muletazos. Estuvo Manzanares muy firme y serio con él por el derecho, por donde no era sencillo y lo terminó metiendo en el canasto. Por el izquierdo también repetía, pero con la virtud de que se desplazaba mejor y el alicantino pudo expresarse al natural, abriendo los vuelos. Rubricó la actuación con una estocada a recibir de efecto fulminante que por sí sola ya valió la oreja que paseó.

    Tiene Pablo Aguado el sentido del temple y el aroma de Sevilla en la yema de sus dedos y lo mostró nada más coger la muleta y dar un cambio de mano que hizo que sonasen los «biennn» con rotundidad. El de Zalduendo, justito de fuerzas pero de noble embestida, se deslizaba en los vuelos, y Pablo, sin apretarle, solo con los flecos de la franela, lo aprovechó en tandas medidas de tres y cuatro muletazos con la figura encajada que remató con la gracia del toreo de la escuela sevillana. El final al natural a pies juntos y dando el pecho tuvo aroma vazqueño. Lástima que con la espada no anduviese fino.

    En el sexto, lanceó con mimo el percal en un saludo a la verónica con mucha cadencia. La misma que instrumentó para llevarlo a los medios con la muleta, andándole. No se entregó el toro en ningún momento, yendo siempre con la cara por arriba y saliendo suelto de los finales. Aburrió al torero, que abrevió con buen criterio.

GALERÍA GRÁFICA – FOTOS: GALLARDO