AL QUITE

Carlos Domínguez, in memóriam

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Carlos Domínguez, con bigote y brazos cruzados, en la plaza de Valencia del Ventoso atestada de aficionados
Carlos Domínguez, con bigote y brazos cruzados, en la plaza de Valencia del Ventoso atestada de aficionados

«…De ahí estas letras que quiero brindar al cielo. Ese lugar al que por un quiebro del destino, en forma de accidente de tráfico, fue llamado hace hoy treinta y un años para que pusiese su innegable don de gentes al servicio de todos los toreros que poco a poco fuesen llegando hasta el coso de San Pedro…»

Antonio Girol.-

Tenía la capacidad innata de quienes imantan con su sola presencia. Eso a lo que llaman ‘don de gentes’  Y supo poner ese talento especial al servicio de su mayor pasión: montar festejos taurinos para poder disfrutar de sus propios caballos. Así era Carlos Domínguez Giralt: afable, campechano, generoso y desprendido en grado sumo. Un hombre que de niño soñó con ser cirujano porque de esa manera estaba convencido que podía desarrollar su vocación de ayuda al prójimo.

No quiso el destino que su camino estuviese perfumado de cloroformo. De ahí que académicamente emprendiese otro trayecto, en esta ocasión hacia la biología. Rama de la ciencia que también trata de los seres vivos, pero en este caso considerándolos en su doble aspecto: morfológico y fisiológico. Córdoba le recibió con ese embrujo especial con el que, décadas atrás, acogía a todos aquellos extremeños que transitaban por sus califales calles en busca de la sabiduría adquirida en las prestigiosas aulas de su universidad de ciencias.  Pero con el título de licenciado en sus mano le pudo más la llamada de su devoción. En especial, al caballo. Animal del que era un loco enamorado.

Sin más tradición taurina en su familia que la de unos padres cuya afición ponían al servicio de sus hijos con un abono en la plaza de toros de Badajoz, sumado a la habitual escapada anual a Zafra para presenciar juntos la tradicional corrida de rejones, decidió una vez terminados sus estudios universitarios escuchar a su corazón. Éste le decía que apostase por esa devoción que sentía por los caballos. Su auténtica pasión. De ahí que emprendiese la loca aventura de hacerse empresario por el solo gusto de ver rejonear a sus tres cabalgaduras.

Pero, ¿qué es de un empresario sin una plaza de toros? Bastantes eran las que había en la provincia, pero también existían localidades que no disponían de circo de obra. De ahí que con la sagacidad propia de los buenos emprendedores apostase por llevar los festejos de forma portátil a esos pueblos.

Tuvo que ser en Sevilla, aunque en este caso sin más lunita plateada que el resplandor que producía aquel mítico ‘Tres Reyes’ que era parada y fonda obligada de taurinos, en donde entre el soniquete constante del camarero de blanca chaqueta que anunciaba a cada instante “conferencia para Pepe Cabello” negociase con el famoso empresario hispalense la compra de una plaza que trocara el albero sevillano por las duras tierras que vieron nacer conquistadores. En las que deslomados campesinos descansaban de sus fatigosas labores para batir palmas con los festejos que les ofrecía un joven empresario también curtido, como ellos, por el sol de la labranza, en este caso en los llanos de Almendral .

En esa plaza, la primera de la dos que poseyó en poco menos de cuatro años de aventura, comenzaría a forjarse una leyenda, en la que los años y la desmemoria de una afición cada día más desorientada y menos tradicionalista ha ido creando una pátina que aficionados de la talla de Paco Naharro, entre otros, se niegan a permitir que ensombrezca el brillo de su legado.

De ahí estas letras que quiero brindar al cielo. Ese lugar al que por un quiebro del destino, en forma de accidente de tráfico, fue llamado hace hoy treinta y un años para que pusiese su innegable don de gentes al servicio de todos los toreros que poco a poco fuesen llegando hasta el coso de San Pedro. Y de ese modo resultase más sencillo organizar esas corridas de cuatro puntales que como en la seguiriya de Valderrama ajustasen a Juan Belmonte, Joselito, Manuel Rodríguez ‘Manolete’ y Rafael Gallo hechicero. A los que, dado su apreciado don de gentes, convenció desde un primer momento para que les abriesen plaza ‘Fortuna’, ‘Tabaquito’ o ‘Tejero’, sus tres caballos toreros.